Es lo que he hecho durante mis vacaciones de verano, dado que el tiempo no acompañaba como para disfrutar en la playa, pues los constantes vientos del Norte no nos han abandonado en la cornisa cantábrica, nos hemos dedicado a hacer turismo por todo el litoral, adentrándonos también en las Vascongadas, que no visitaba desde mi más tierna edad.
Así que, con propósito y oportunidad nos acercamos a la localidad de Azpeitia, allí pasé tres veranos, esos que duraban tres meses, y no las escasas dos semanas actuales, lo que te permitía asegurar que conocías el lugar y a sus gentes.
Mi primer contacto con el remoto pasado fue en la Basílica de San Ignacio de Loyola, precioso templo que sorprende por su grandiosidad a la que de niño me llevaban mis padres de campestre paseo, bordeando manzaneras de la variedad conocida como “reineta”, en las que, aprovechando el recorrido y no existiendo vallado ni obstáculo para acceder a los frutales, hacíamos acopio de tan preciado fruto.
Parece que aún oigo a mi madre gritar (sin duda para evitar suspicacias en algún propietario) “coged de las caídas...”, siendo que ella elegía las más lozanas y sabrosas de las que colgaban de los árboles.
La casa natal de San Ignacio la recordaba, no con detalle, pues hay que tener en cuenta que, por aquél entonces, yo contaba con unos siete a nueve años, pero sí en su conjunto, sobre todo en lo que se refiere al entarimado de madera noble de sus escaleras, aunque eché en falta, en el remate de una de ellas, una ampolla en la que, en aquél tiempo, se aseguraba que contenía sangre de la Virgen, deben de haberla retirado, pues aquello no se lo creía nadie.
Pregunté en “Información” si me podrían orientar de cómo llegar a la zona en la que, en aquél entonces, nos alojábamos y con más buena voluntad que conocimientos (hay que tener en cuenta que hace casi sesenta años) y con la ayuda de un plano de la zona, me indicaron dónde podría ubicarse la fonda o en lo que se hubiera convertido.
Yo recordaba que estaba situada en una plaza, dónde había en sus inmediaciones una iglesia y un frontón, así que con estos datos y otros que me aportaron nos dirigimos al lugar.
Lo mejor en estos casos es dejar el coche aparcado y callejear. Así llegamos a una plaza en la que hay un quiosco de másica, una plaza, en la que se ubica el ayuntamiento y otro caserón blasonado, que desconozco su utilidad pues todas las indicaciones están en euskera y, al desembocar en una calle posterior ¡zas!, se dispararon mis recuerdos, sentí en mi interior que nos acercábamos al lugar en el que había disfrutado tanto con mis juegos infantiles, seguimos con la ilusión propia del reencuentro y llegamos a la iglesia, que es ni más ni menos que la Parroquia de San Sebastián, junto a ella está la plaza antes mencionada y la fachada en la que, sin duda, estaba situada la fonda y que ahora puede ser o una tienda de electrodomésticos o alguna de las tabernas de las que jalonan la plaza. Allí estaba también el frontón, donde yo hacía mis “pinitos” de pelotari y que ahora está cubierto, precedido de una estatua a pie de calle que representa a un “casero” tirando del ronzal de una vaca y que antes no existía.
No es este el espacio para contar todas mis vivencias de aquellos tiempos, mis amigos, las personas que, sentándome en sus rodillas me enseñaban el idioma “vascuence” en aquel tiempo, los buenos momentos que vivimos con aquella familia de fondistas que se convirtió en la nuestra, las fiestas, la calidad de los alimentos que disfrutamos, en fin toda una historia, mejor dicho, un retazo de mi niñez más feliz y que tuve la dicha de vivir en este pueblo tan entrañable.