Eso me ha hecho recordar escenas de mi infancia. En aquella época nevaba en Madrid, te despertabas una mañana y tu madre te decía -hoy no vas al colegio, que ha nevado-. ¡¡Que alegría!!, yo creo que por eso relaciono la nieve con algo festivo y agradable, concomitante con dejar de hacer lo desagradable y dedicarme, como en aquellos tiempos a escuchar desde la cama esos sonidos diferentes en la casa, ese ir y venir de mi madre, oír acostado el programa de "Matilde, Perico y Periquín", precursor del de "Los Porretas", leer tebeos, ordenar la colección de cromos en vigor, desayunar tranquilo y esperar con impaciencia la orden de salir a la calle, bien abrigado (en exceso a veces), para encontrarte con el milagro inmaculado de la nieve. Ya tenía un adelanto viendo el patio, miraba hacia arriba y veía las cuerdas de tender la ropa, todas blancas de nieve amontonada en inverosímil equilibrio, las estalactitas de hielo colgando de los canalones del tejado, un mundo mágico y silente, sólo roto por la queja prosaica de alguna vecina -... con este tiempo no se seca la ropa ni a tiros...- no exento, no obstante, de un cierto deje de alegría por el acontecimiento que lo motivaba.
La salida a la calle era apoteósica, pues alguien más madrugador que tú, te estaba esperando para lanzarte la primera bola o mazacote de nieve, ataque al que respondías inmediatamente y que era a su vez contestado y así hasta casi la extenuación feliz del que se agota jugando. ¡A las Comendadoras!, gritábamos, y salíamos corriendo, resbalando, cayendo a veces, sin mayores consecuencias y jaleados por las risas de los demás, llegábamos a la plaza, escenario de nuestros juegos y quedábamos boquiabiertos por tanta belleza blanca, ya se veían los surcos dejados por el paso de algún vehículo en la calzada, y la nieve pisoteada en las aceras, pero había rincones aún sin mancillar que lo dejaban de ser muy pronto bajo nuestras botas. Por la tarde el lugar se había convertido en un lodazal, pero no importaba, con "suerte" al día siguiente, como si la vida pasara página, tendríamos un nuevo manto de nieve en el que escribir, con juegos, la bella historia de nuestra niñez.